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VIERNES 21 DE JULIO DEL 2000 / EDICION No. 22076 / ACTUALIZADA 12:20 am
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Nicaragua no se desarrollará con peajes

.Los proyectos canaleros son colosales y podrían ilusionar a muchos. Nadie puede asegurar su éxito, pero harán su parte en el nuevo juego de las promesas electorales

Mario Alfaro Alvarado

Cuando en los años 60 comenzaron unas exploraciones en busca de petróleo en Nicaragua, algunos somocistas vaticinaban que si se encontraba oro negro en el país, la familia Somoza se quedaría en el poder con la firmeza de una monarquía hereditaria. Ese fue el gran proyecto del somocismo.

El tema de los ferrocarriles, llamados canales secos, la canalización del San Juan y la unión de los dos océanos por un canal con agua, reapareció recientemente en el panorama de Carlos Fernando Chamorro, tema al que se agregó un proyecto de riego de los sandinistas y un proyecto que Alemán tenía semioculto en las oficinas de la Vicepresidencia de la República.

Los proyectos canaleros son colosales y podrían ilusionar a muchos. Los sandinistas después de fracasar en un proyecto de riego, que resultó carísimo y sin utilidad práctica, ahora insisten en un nuevo proyecto de riego para rehabilitar las feraces tierras de Occidente, arruinadas por la piñata y la depredación. El proyecto es grande y caro y nadie puede asegurar su éxito, pero hará su parte en el nuevo juego de las promesas electorales.

Alemán no ha perdido el tiempo. Desde hace meses “sus” técnicos vienen estudiando un enorme proyecto canalero que partiría el territorio patrio en dos pequeñas repúblicas, afectaría el extenso ecosistema que abarca la mitad del territorio nacional y podría dejar sin agua al Lago de Nicaragua.

Aunque todo parece desorbitado y peligroso para la integridad territorial y la ecología de Nicaragua, tienen estos proyectos un propósito más psicológico que político: para los somocistas fue el poder “for ever”; para los sandinistas, volver al poder para no abandonarlo; y para los arnoldistas, repetir la hazaña que comenzó con Zelaya en 1893 y se prolongó hasta la caída de la dinastía somocista. Todos ellos son habilidosas añagazas publicitarias, destinadas a crear en la mente de los votantes un paraíso artificial de nuevas promesas.

Desde los tiempos antiguos, países ricos eran los que comerciaban. El comercio es el motor de la riqueza, es la base del desarrollo económico. Estimula la imaginación para producir bienes que se pueden intercambiar, promueve el desarrollo de la industria, del transporte y de todos los servicios relacionados con la producción. Esto es lo que Nicaragua necesita: comerciar. Y debe comenzar utilizando el medio de comunicación que Dios le otorgó como un don providencial: el Lago y el Río San Juan.

Pensar en canales secos, húmedos o de cualquier otra tesitura, es volver al concepto de factoría como medio de producir riquezas para los países poderosos y para las minorías locales privilegiadas. Un ferrocarril o un canal servirán al comercio internacional pero no contribuirán al desarrollo del comercio interno, actividad que no interesa a los grandes consorcios transnacionales. Pero es el comercio interno el que ayuda a los pueblos subdesarrollados a salir de la pobreza.

No es necesario que el gobierno “se sacrifique” para alentar las iniciativas y los esfuerzos de los ciudadanos deseosos de salir de la pobreza, basta que no abuse de ellos, que baje los impuestos, que reduzca a un mínimo las regulaciones burocráticas, que establezca programas de créditos a mediano y largo plazo y promueva la inversión. En pocas palabras, que deje trabajar y ayude gobernando con justicia y honestidad, manteniendo el orden, mejorando la infraestructura y reduciendo los costos de los servicios básicos para que crezca la producción y aumenten las exportaciones.

Lo importante no es que por Nicaragua se movilicen millones de contenedores de un océano al otro y le den al país jornales de subsistencia. Lo que importa es que el mayor número de nicaragüenses concurran con sus iniciativas, sus esfuerzos y su creatividad a desarrollar el país de adentro hacia afuera. Que cada quien llene sus necesidades básicas, que todos puedan ahorrar e invertir sus ganancias para producir más sin que la voracidad fiscal se apodere de esas ganancias y que cada generación le pueda heredar algo mejor a la siguiente generación.

El autor es periodista.  
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