Cooperación externa y desarrollo democrático
La cooperación externa para el desarrollo que los países ricos brindan actualmente a las naciones atrasadas y pobres, no es sólo para fomentar el desarrollo económico sino también para promover la gobernabilidad, fortalecer las instituciones democráticas y crear una nueva cultura de gobierno con transparencia e integridad.
De hecho, los países pobres que no avanzan en la consolidación de instituciones democráticas, o que más bien retroceden, reciben menos cooperación extranjera, o no la reciben del todo, o tienen que conformarse con ayudas cuyos fines son estrictamente humanitarias y para aliviar efectos inmediatos de los desastres naturales.
La razón por la cual los países y organismos internacionales establecieron esa relación directamente proporcional entre cooperación para el desarrollo y avances en la gobernabilidad democrática y la transparencia gubernamental de los países receptores de ayuda, es sencilla y comprensible. Se trata de que los beneficiarios de la cooperación deben entender que la ayuda no es obligatoria ni interminable, y que la creación de infraestructuras, condiciones tecnológicas y bases políticas y jurídicas adecuadas para recibir inversiones extranjeras y desarrollar las propias capacidades productivas (cual es el propósito de la cooperación ), no se puede lograr si al mismo tiempo no se construyen instituciones democráticas sólidas y confiables.
Dicho en otros términos, los países pobres que no desarrollan la democracia ni fortalecen la transparencia y la integridad gubernamental, no merecen seguir recibiendo la ayuda extranjera, pues la falta de democracia se asocia inevitablemente con la corrupción y porque los funcionarios corruptos e impunes usan indebidamente la cooperación, o la desvían hacia fines ajenos a los programados, o la invierten correctamente, pero al mismo tiempo dilapidan los recursos internos que aportan los ciudadanos y empresas contribuyentes.
Por otro lado, la competencia internacional por el acceso a los recursos de la cooperación externa es fuerte y difícil. Son muchos los países que hacen fila para recibir ayuda, de modo que los organismos y países donantes han dejado de alcahuetear a gobernantes autoritarios y corruptos, y ya no aceptan que la falta de libertad y democracia se justifique con obsoletas invocaciones de soberanía nacional. Ayuda “incondicional” jamás hubo y mucho menos que la haya en los tiempos actuales.
En realidad, entre más recursos para el desarrollo aportan los países ricos, más crece la pobreza universal y la necesidad de cooperación extranjera. Según los expertos este círculo vicioso es característico de la globalización, que crea fabulosas riquezas pero al mismo tiempo agrava la inequidad en el crecimiento económico de los diversos países. O sea, que con la globalización se produce mucha más riqueza que antes, pero ésta se concentra en una pequeña parte del mundo donde habitan apenas unos 900 millones de personas –más o menos el 15% de la población mundial–, mientras aumenta la pobreza de la gente que vive en la parte menos desarrollada del mundo, entre la cual hay por lo menos 2.000 millones de personas cuyo ingreso promedio es menos que el equivalente a 1 dólar diario.
El anterior director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Michel Camdessus, aseguró al respecto que “la pobreza y las diferencias enormes entre pobres y ricos que ha generado (la globalización) podrían hacer estallar este sistema”. Según Camdessus, el mundo rico tiene que ayudar cada vez más a los pobres de la Tierra, pero la verdad es que por mucha que sea la cooperación externa ésta no puede resolver el problema de pobreza de los países atrasados.
De sobra se ha comprobado que el desarrollo sólo lo consiguen los países cuya gente trabaja mucho y duro, vive austeramente, se capacita para ser más eficiente y producir riqueza cada vez más abundante y de mejor calidad. La cooperación externa es sólo un complemento –jamás un sustituto–, del trabajo y el esfuerzo propio para salir de la pobreza material y el atraso político y cultural, que se condicionan recíprocamente.
Sin embargo, los políticos que gobiernan no quieren entender verdades tan elementales como ésas, ni siquiera cumplir sus compromisos de fortalecer la gobernabilidad y las instituciones democráticas a cambio de la ayuda externa. 
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