Lectura Dominical - Desde la Colina Vaticana
La solidaridad: Signo de nuestro tiempo
 | No perdamos la oportunidad de servir a Cristo en el prójimo,
actuemos por motivos
sobrenaturales, por amor a Dios, inspirados en el Evangelio |
|
José Dávila y Castellón
Mientras la técnica moderna se burla de las distancias y acerca cada vez más al hombre facilitando la comunicación interpersonal, el espíritu de solidaridad humana se acrecienta día a día. Hoy por hoy nadie puede ser indiferente a cuanto pasa en el mundo, aún en los lugares más lejanos, porque gracias a los medios de comunicación, saber casi al instante lo que ocurre en el mundo es algo al alcance de la mano, incluso de la gente de escasos recursos económicos. La comunicación nos permite compartir sentimientos de dolor o alegría con semejantes prácticamente desconocidos y geográficamente distantes de nosotros.
Para el cristiano la solidaridad viene siendo sinónimo de “comunicación universal”, él llora con el que llora y ríe con el que ríe, se hace todo para todos, internacionaliza el amor al traducir sus nobles sentimientos en acciones concretas de ayuda material o espiritual.
En forma diáfana y fluida, el Vicario de Cristo, Juan Pablo II, aborda este importante punto de solidaridad humana imprimiéndole, desde luego, el sello cristiano, al expresarse en estos términos: “La llamada de Cristo a abrirse “al otro”, al “hermano”, precisamente al hermano, tiene siempre un campo de aplicación concreto y universal. Se dirige a cada uno porque está destinada a todos.
“La medida de esta apertura no es solamente la cercanía del otro, sino sobre todo sus necesidades: tenía hambre, tenía sed, estaba desnudo, encarcelado, enfermo... Respondamos a esta llamada buscando al hombre que sufre, yendo en pos de él más allá de las fronteras de las naciones y de los continentes.
“Con ello se crea, a través del corazón de cada uno de nosotros, la dimensión universal de la solidaridad humana. La misión de la Iglesia es salvaguardar esta dimensión; no limitarse a algunas fronteras, fórmulas políticas o sistemas. Salvaguardar la solidaridad humana universal, especialmente con los que sufren; conservarla a la luz de Cristo, el cual dio su rostro definitivo a esa dimensión de la solidaridad con el hombre”.
Observemos cómo el Papa “bautiza” la solidaridad humana al cristianizarla. Esto es muy importante, puesto que si todo hombre está llamado por razón de su misma condición o calidad de ser humano a ser solidario con los demás seres de su misma especie, en el caso del cristiano esta cualidad se vuelve virtud o exigencia evangélica, urgencia, presencia y testimonio de la caridad de Cristo. Por eso, el Obispo de Roma refuerza su pensamiento cuando continúa diciendo: “Es que el amor de Cristo no nos deja escapatoria, cuando pensamos que uno murió por todos para que los que viven ya no vivan más que para sí mismos, sino que para el que murió y resucitó por ellos”, citando a San Pablo (2 Cor. 5, 14 ss.) y advierte inmediatamente: “nos ha propuesto esa tarea de una forma definitiva. Ha asignado esa tarea a la Iglesia. Nos la ha asignado a todos”.
Como cristianos, haciéndonos eco del pensamiento del Papa, podemos elevar de categoría nuestros buenos sentimientos y actitudes. ¿Cómo? Cambiando nuestras motivaciones: actuando por fe y amor a Cristo, en vez de por un simple sentimiento de humanidad o filantropía. No perdamos la oportunidad de servir a Cristo en el prójimo, actuemos por motivos sobrenaturales, por amor a Dios, inspirados en el Evangelio, en el ejemplo de la Virgen María y de los santos; así nuestras acciones serán de mayor calidad ante Dios y más beneficiosas a nuestros hermanos.
El Sumo Pontífice termina con esta exhortación: “Por consiguiente, en nuestra conciencia, en la conciencia individual del cristiano, en la conciencia social de los distintos grupos, en las naciones, deben crearse, por decirlo así, zonas particulares de solidaridad precisamente con los que más sufren. Debemos trabajar sistemáticamente para que los ámbitos de necesidades humanas más perentorias, de mayores sufrimientos, de abusos e injusticias, se transformen en zonas de solidaridad cristiana de toda la Iglesia y, a través de la Iglesia, de cada sociedad en particular y de toda la humanidad”. 
|