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DOMINGO 16 DE JULIO DEL 2000 / EDICION No. 22071 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Inflación sexual

. Necesitamos curar a una sociedad enferma a través de la personificación y humanización de la sexualidad, devolviéndole su adjetivo calificativo: humana

Ministerio Arquidiocesano de Predicación
Madre de la Nueva Alianza

Isabel es una joven que acaba de cumplir quince años, en su mirada todavía hay esperanzas tan rosadas, como el vestido que usara para entrar a la Iglesia a darle gracias a Dios por esta primera etapa de su vida. Ella es romántica hasta el cansancio, cree en el amor de las telenovelas, sueña con un noviazgo profundo, y supone el amor está tejido de caricias y diálogos; de bailes y besos que ruborizan por el encuentro de los hálitos de dos respiraciones que buscan fundirse en una sola; de sonrisas y tomarse de las manos. La afectividad incandescente de la joven no coincide con las intenciones reales de su pretendiente Carlos. Carlos es dos años mayor que ella, es bachiller y le gusta el deporte y las fiestas; tiene serios problemas con Isabel, porque él le dice que no lo quiere lo suficiente, Isabel huye de ciertas caricias y besos acalorados aunque quiere a Carlos y sueña con él. Carlos sólo busca su cuerpo, no quiere pláticas estériles, ni gusta de tomarse de las manos, ya le ha dicho: “Si me quieres, dame una prueba de amor”. Isabel camina confundida, quiere a Carlos, pero no ve por qué tiene que entregar su cuerpo para probar ese amor, pero teme perderlo si no lo hace, Así se debate en los días que pasan y se pregunta implacablemente: ¿Por qué es tan difícil y complicado el amor?

Carlos es víctima de un bombardeo sexuado y genital de los medios de comunicación. Toda su psiquis afectiva y genital sexuada, está trastocada por una inflación propagandista de la sexualidad y genitalidad del hombre. Rótulos en las calles, eslóganes propagandísticos, música cargada de ritmos eróticos, películas eróticas y pornográficas, novelas con alto contenido sexuado, son sólo algunos estimulantes de esa conducta ávida de placer. Toda inflación supone una devaluación, si la sociedad rinde culto al placer por el placer, y ha divinizado el sexo a todos los niveles haciendo del mercado del cuerpo un gran negocio, esto indica que están soterrados y devaluados, los valores religiosos y morales, pero sobre todo, está devaluado lo humano en el hombre, porque la sexualidad en el hombre y la mujer es y debe ser humana y a los niveles que se le ha promovido, que son niveles de instintividad, es decir, de animalidad, donde son aplaudidas y hasta promovidas relaciones deshumanizantes como: el bestialismo (relaciones con animales), sadismo, sadomasoquismo, lesbianismo, homosexualismo, pedofilia (sexo con niños), longevofilia (relaciones con ancianos (as)); la humanidad de la sexualidad está devaluada, y sin humanidad, la sexualidad animaliza y esclaviza al hombre.

Cuando decimos que hay inflación, decimos que la moneda vale menos, y que por un mismo producto hay que dar cada vez más dinero. Cuando decimos que hay inflación en la sexualidad, decimos que por un mismo acto que existe desde que el hombre y la mujer son lo que son, se sacrifican cada día más cuotas de feminidad o de auténtica virilidad para legitimar el desenfreno sexual que vemos a nuestro alrededor; se destruyen los hogares y se aplauden los divorcios; se trivializa la infidelidad conyugal, se ve con cierta normalidad las relaciones incestuosas, se promueve la promiscuidad sexual con la propaganda indiscriminada de anticonceptivos y preservativos, y cada vez vale menos: la fidelidad, la estabilidad matrimonial, la castidad y la virginidad, la feminidad o virilidad como dos únicas maneras de ser plenamente humanos. Necesitamos curar a una sociedad enferma a través de la personificación y humanización de la sexualidad, devolviéndole su adjetivo calificativo: humana.

La pérdida de humanidad brota espontáneamente del corazón que se olvida de Dios, para volverse a sí. ¿Qué sucede con alguien perdido que se quiere poner a sí mismo como criterio de orientación? Sucederá que nunca saldrá de su extravío. Sin volver al Dios que hemos olvidado, se devaluará todo aquello que aún conserva su valor: sociedad, familia, trabajo para descubrirse en esta tierra ante nuestros ojos, lo que el teólogo llama: infierno. Pero cada uno de nosotros puede crear algo diferente. Salvemos al Hombre volviéndonos a Dios, con todo el corazón.  
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