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DOMINGO 9 DE JULIO DEL 2000 / EDICION No. 22064 / ACTUALIZADA 12:30 am
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Terremotos: ¡qué desastre!

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Perspectiva espacial de Nicaragua, en la que puede apreciarse su “aporte” volcánico al Cinturón de Fuego del Pacífico. Es en esta zona donde están asentadas las más grandes urbes del país

 

IVAN OLIVARES B.
ivan.olivares@laprensa.com.ni

Terremoto o sismo: (del griego seismos) sacudida más o menos violenta de la corteza terrestre que se produce siempre a una cierta profundidad partiendo de un epicentro.

Los sismos ocurren cuando se rompe el equilibrio de la corteza terrestre y pueden estar situados en una zona de fricción entre placas o en una zona más profunda, lo que determina que pase desapercibido o haga correr a todos.

La profundidad también influye en la destrucción que puede causar el movimiento, aunque aquí también son importantes otros factores como la calidad de las edificaciones y la solidez del terreno. Por esto el terremoto de Ciudad México, que está construida sobre el fondo de un lago desecado, fue tan dañino en 1985.

Pero si hay algunas variables sísmicas sobre las que no tenemos incidencia alguna, como el momento, la intensidad y profundidad a que ocurrirá un terremoto, sí hay otras consecuencias que la actividad humana puede cambiar, como es la cantidad de daños, muertos y heridos.

SINDROME SUICIDA
Una de ellas es tal vez incomprensible: A pesar que Managua está situada sobre una región altamente sísmica, que ya fue destruida o severamente dañada varias veces por un terremoto, que sus habitantes tienen una posibilidad tres veces mayor que la del resto de nicaragüenses de morir por un fenómeno de esa naturaleza, la ciudad no deja de crecer incesantemente ¡sobre el mismo lugar!

Es probable que la actitud de los managuas, tanto los autóctonos como los que migraron hacia la capital del país, pueda compararse con el comportamiento suicida de ciertos insectos que vuelan “felices” hacia la luz de su propia destrucción... en una lámpara eléctrica expresamente diseñada para esa misión.

Pero, ¿ha sido Managua concebida especialmente para eso?

Es evidente que no.

¿Y entonces?

La respuesta está delineada en el libro “Desastres Naturales de Nicaragua”, escrito por cinco autores nicaragüenses, que parece reforzar el “síndrome del insecto suicida”, y enumera seis problemas cuyo origen parece remontarse hasta los albores de nuestra vida colonial.

El primero es la “tendencia a invertir en áreas vulnerables”.

Prueba de ello es Managua asentada sobre un enjambre de fallas; San José del Sur, en la Isla de Ometepe, cuyos habitantes saben desde hace años que están en el camino de una impresionante ola de lava, literalmente suspendida sobre ellos, pero no se quitan de su camino; o El Crucero, donde nada puede crecer y las estructuras requieren alto mantenimiento, pero sigue poblándose de antenas y casas.

El segundo es la “ausencia de normas de construcción o débiles controles cuando los hay”.

En 1982 se establecieron normas de construcción para evitar que Managua cayera por tercera vez, pero la gente siguió construyendo como pudo y quiso. La Alcaldía de Managua tiene una oficina para autorizar los planos y planes de construcción de los capitalinos, pero casi nadie, exceptuando las grandes y medianas empresas, somete sus proyectos constructivos a la supervisión de tal oficina, cuyos empleados deben recorrer la ciudad para asegurarse que las nuevas edificaciones llenan los requisitos técnicos.

El tercero es la “inexistencia de planificación urbana y rural”.

Desde que los administradores, políticos o de carrera, se toparon con el concepto del ordenamiento territorial, se han sucedido tantos administradores como planes, con el efecto que ninguno llegó siquiera a acercarse al momento de su propio génesis.

La Comisión Nacional de Ordenamiento Territorial (CONAMOR), ha dejado de existir, o simplemente se volvió invisible y otras entidades como el Consejo Nacional de Desarrollo Sostenible (CONADES) o el mismo Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (INETER), realizan estudios y proponen planes que alguien debería cumplir, pero nadie ejecuta.

Las otras tres razones están referidas a un débil sistema de detección, seguimiento y prevención. En realidad, Nicaragua cuenta con una red de 50 estaciones sísmicas y se apoya en modernos programas, equipos e instituciones internacionales para vigilar los fenómenos meteorológicos. Además, la subestimación de las experiencias anteriores de desastres. ¿Cuánto tiempo hará falta para que vuelvan a poblarse las faldas del Casita? También hay pocas inversiones y políticas para prevenir los riesgos.




¿Por qué tanta violencia?

La región centroamericana es sólo un insignificante pedazo del concepto que se introduce en las mentes de los niños de primaria, definido como el “Gran Cinturón de Fuego del Pacífico”, pero aporta una importante cantidad de la membresía que integra tan selecto club: al menos unos 70 volcanes, incluyendo sólo los activos.

Ese “Cinturón” bordea la más grande cuenca de nuestro planeta, la del Océano Pacífico, con lo que también se ha dado en llamarle “Anillo de Fuego”, compuesto por muchos más volcanes, que confieren una característica muy sui géneris a la zona: una alta sismicidad.

El Dr. Jaime Incer Barquero, uno de los cinco autores del libro “Desastres Naturales de Nicaragua”, recuerda que en el Anillo de Fuego “se producen tanto erupciones volcánicas como terremotos”, fenómenos ambos que no son ajenos a los nicaragüenses, principalmente, a la mayoría que vive en la región del Pacífico.

Es en esta parte de Nicaragua donde se encuentran los 15 conos de nuestra cadena volcánica, desde el Cosigüina hasta el Maderas, además de algunos aparentemente inactivos como el Chonco, Casitas, Santa Clara y Asososca; otros más pequeños como el Moyotepe, Motastepe, Coyotepe, Posintepe y algunas antiguas calderas volcánicas como Argelia y Monte Galán, todos citados por el Dr. Incer, y todos en la franja de tierra nica que mira hacia el mayor de los océanos.

A esto hay que añadirle la continua lucha entre las placas de Cocos y Caribe, que va ganando ésta al obligar a la de Cocos a hundirse por debajo del Caribe, proceso que genera movimientos de tierra con consecuencias similares a la de 1931, 68, 72 y 2000.




Los terremotos pueden ser intrascendentes

ecientemente se ha llegado a la convicción que los desastres naturales no existen en realidad, sino que son desastres humanos, causados por la coincidencia de al menos dos factores, según los resume Alejandro Rodríguez, otro de los autores del libro.

Esos factores son un fenómeno natural en combinación con una condición o una comunidad vulnerable. Siendo que aún no es posible predecir terremotos ni erupciones, sólo se puede tratar de eliminar la segunda variable, la de la vulnerabilidad, a escala institucional y familiar.

La primera se refiere a alejar los asentamientos humanos de las áreas vulnerables; cumplir las normas de construcción; planificar correctamente el uso de la tierra; y cuidar y mejorar la red sísmica y meteorológica nacional, entre otras.

A escala familiar, los autores Jaime Wheelock y el Ing. Armando Ugarte sugieren en primer lugar identificar dónde vivimos. ¿A orillas de un cauce; en las faldas de un volcán; en una zona de alto riesgo sísmico? ¿Cómo están las cerraduras, puertas, ventanas, entradas y salidas de la casa, así como el estado de paredes, vigas, zapatas y las instalaciones eléctricas y sanitarias del hogar?

¿Hay cosas en la casa que podrían caernos encima a la hora de un temblor? ¿Se guardan sustancias tóxicas, o inflamables como combustibles, pintura, alcohol, etc.? ¿Están en buen estado las instalaciones y conexiones de gas para cocinar?

¿Sabe dónde refugiarse en caso de desastre; a quién llamar, dónde encontrar un médico, un bombero o un policía?

Instituciones como la Cruz Roja y los Scouts de Nicaragua recomiendan poseer un botiquín de primeros auxilios, un bidón de agua bien cerrado y protegido que esté siempre lleno y se renueve al menos una vez por semana; una lámpara con sus baterías puestas o guardadas en el mismo lugar, también pueden ser de una utilidad enorme.  
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