LECTURA DOMINICAL
Llegar a tiempo a las personas
JOSE DAVILA Y CASTELLON
En mi agenda del año 2000 he apuntado, entre otros, este pensamiento ajeno: “La mayor falta de puntualidad es llegar tarde a las personas”.
Hace tan sólo unos días, conversando sobre la necesidad de hacer penitencia en estos tiempos, alguien me preguntaba: “¿Pero cómo practicar esta virtud a mi edad?”. (60 años o más). Respuesta: “No llegando tarde a las personas”. Qué mejor práctica penitencial en el presente año jubilar?
La penitencia comprende muchos matices y ángulos. Esta vez el Papa Juan Pablo II nos habla de ella como de un llamado afectivo y efectivo al encuentro con el hermano, particularmente, el de una u otra forma necesitado de nuestro amor y ayuda. El Vicario de Cristo se expresa así: “La llamada a la penitencia, a la conversión, significa una llamada a la apertura interior “hacia los otros”. Nada puede sustituir, en la historia de la Iglesia y del hombre, a esta llamada, que tiene infinitos destinatarios.
“Se dirige a todos los hombres y contempla en cada uno su situación personal y particular. Cada individuo debe analizarse en estas dos dimensiones en las que se realiza la llamada”, señala el Papa.
El amor cristiano, o caridad, es universal –comprende a todos– y, a la vez, personalizado, toma en cuenta a cada individuo en su propia realidad o situación. En este tiempo de la especialización y de la búsqueda de la eficacia y la calidad en todas las áreas de la vida, es preciso amar bien, brindar un amor fino, de calidad a los demás. El amor que procede de Dios no puede ser de otra manera. Además, este amor no se puede postergar. Por lo mismo, Juan Pablo II advierte: “Cristo exige de mí que esté abierto a los otros. ¿Pero hacia quién concretamente? Hacia el que está aquí, en este momento. No se puede “diferir” esta llamada de Cristo hasta un momento indefinido, en que aparezca un mendigo “adecuado” y nos extienda su mano”.
El Santo Padre nos invita a ser protagonistas del amor, a tomar la iniciativa en el amor. Y esto supone una autodisciplina, una vigilancia interna y externa que se traduce o tiene como consecuencia una disponibilidad gozosa en el servicio a los demás. De ahí que el Papa indique: “debo estar abierto a cada persona concreta, dispuesto siempre a “darme”. Ahora bien, darme ¿con qué? Sabemos que hay veces en que una sola palabra por nuestra parte basta para “hacer un don” al otro, pero también que con una palabra podemos herirlo dolorosamente, injuriarlo, hacerle daño; podemos incluso “matarlo” moralmente. Hemos de recibir, por tanto, esta llamada de Cristo en las situaciones concretas de la convivencia y el trato cotidianos, donde cada uno de nosotros tiene siempre ocasión de “dar” a los demás y, al mismo tiempo, de aceptar lo que los otros pueden ofrecerles”, sostiene el sucesor de San Pedro.
Por lo general, en cada ser humano, aún en las circunstancias normales de la vida, podemos encontrar a un Cristo a quien poder brindar un amor que sirve. Que sirve aquí y ahora, es decir, en el momento en el que el otro nos necesita; necesita de nuestra palabra, de nuestro ejemplo, de nuestra ayuda moral o material. Con razón, Juan Pablo II insiste en recalcar: “No puedo estar cerrado, ser ingrato. No puedo aislarme. Aceptar la llamada de Cristo a abrirme a los demás exige, pues, un replanteamiento de todo el estilo de nuestra vida cotidiana”.
“Hay que aceptar esta llamada en las dimensiones reales de la vida, y no esperar que surjan situaciones y circunstancias excepciones, apariciones de necesidades anormales. Hay que perseverar incesantemente en esta actitud interior. De lo contrario, cuando realmente se presente una ocasión “extraordinaria”, puede ocurrir que no estemos capacitados para afrontarla adecuadamente”, finaliza diciendo el Sumo Pontífice.
¡Lleguemos a la hora del hombre, no a nuestra hora! 
|