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DOMINGO 9 DE JULIO DEL 2000 / EDICION No. 22064 / ACTUALIZADA 12:30 am
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Hola, ¿es sólo un saludo?

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Ministerio Arquidiocesano de Predicación
Madre de la Nueva Alianza

Hola, no sólo es ese saludo convencional que todos hacemos o nos hacen, y al que casi siempre respondemos bien; a los más cercanos les decimos: más o menos, pero sólo a los íntimos les decimos realmente cómo estamos. El estado de una persona es lo que realmente expresa el rostro y las palabras de la misma.

Sólo yo sé realmente cómo estoy, pero ese ‘estar’, yace mezclado de pesares de haber estado, y de ansias de poder estar. Por eso don Ortega y Gasset decía: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Es decir, en mi ‘estar’ de este o de otro modo, se esconde una trama existencial que me salda, identifica y une a mis momentos pasados ya vividos, y los que mis anhelos ansían vivir. En mi interior se esconde el pretérito que aún se asoma y afecta mi presente y el futuro, a veces temido, a veces querido, pero siempre impredecible. Ese es el problema del ser humano: no tener problema, sino, ser un problema para él mismo.

Una vez una persona que estaba en un chat de una Universidad me dijo: “tome nota de mi correo, por si le interesa escribirme”. Lo anoté y luego envié un mensaje de cortesía a alguien que decía llamarse en el Paraguay: Carmen. De pronto comenzó a contar de sus problemas y, a veces en la madrugada se levantaba a escribir y a escribir sobre ella. Pero un día hice la pregunta: ¿Qué sientes al escribir y contestar a un extraño? ¿No te resulta más fácil hablar extrovertidamente a través de la red porque así no tienes que enfrentar otro rostro humano? ¿No es que no quieres arriesgar tus afectos y no quieres ser lastimada y por eso tienes muchos amigos por la red pero pocos en la realidad? Ponemos espontáneamente rea llamando la atención, porque el que se re-liga a un tú cercano, se re-liga o une y vincula de algún modo a un tú absoluto: Dios; pero no queremos ser lastimados, ni heridos y por eso nos camuflamos y escamoteamos el corazón sustrayéndolo de la realidad, para arrojarlo a la red o realidad virtual.

Esa mujer de treinta y cuatro años, soltera y con una historia accidentada en el campo afectivo, un día no escribió más.

Es interesante cómo nos resulta fácil en determinados momentos, huir de nuestra realidad: el hombre le teme a lo desconocido, pero más se teme a sí mismo, porque nunca acaba de conocerse. El que apuesta por la amistad se vuelve reo, en realidad reo, prisionero de su afecto, de su re-ligación al tú cercano, al amigo, a la esposa, al esposo. Pero esa es la única manera que existe de crecer, apostar y arriesgar para ganar; en esa apuesta, se pueden perder pedazos de corazón y quizás amistades o seguridades, pero eso no impide ganar experiencia y madurez.

Hay que saber darse y creer en las personas, por muy viciadas que parezcan estar. Don Miguel de Unamuno decía que el hombre crea al creer, si crees en los demás, los demás creerán en ti, porque al creer tú en ellos, creas espacios y oportunidades de confianza, pero para crear esos espacios hay que descender donde los hombres moran: la realidad que llamamos vida.

Aristóteles nos definía como animal de costumbres. Pero creo que en la ruptura de la mala costumbre, es donde aflora la verdadera humanidad, lo humano escondido que San Pablo llama Homo interior y que el mismo San Agustín llama: Homo Absconditus, (hombre escondido y lo escondido del hombre), y que Jesús de Nazaret quiere redimir. Si una palabra esconde y revela tanto, cuánto revelaría de tus áreas ocultas, esa palabra del Padre que se ha hecho carne, si le dices frente al Sagrario al menos: Hola.  
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