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SáBADO 8 DE JULIO DEL 2000 / EDICION No. 22063 / ACTUALIZADA 02:00 am
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Moral y economía en Simón Bolívar

.“Si no hay un respeto sagrado a la Patria, por las leyes y por las autoridades, la sociedad es una confusión, un abismo; es un conflicto singular de hombre a hombre, de cuerpo a cuerpo”

Jorge Eduardo Arrellano

Con motivo del primer aniversario de la República Bolivariana de Venezuela, conviene recordar el permanente lema “Moral y Luces” del Libertador, o sea, lo que en su discurso de Angostura debía ser guía para los gobiernos de nuestras repúblicas. No luces ni sólo moral. Porque las luces –la educación, el desarrollo de las ciencias y las artes, todo desenvolvimiento cultural, en suma– no mejoran por sí solas la calidad de los hombres ni de los pueblos. Lo que abarca el concepto bolivariano de luces necesita de la moral para ser útil y bueno, y también todo lo que comprende el concepto de moral está pidiendo a gritos que las luces lo iluminen y aclaren.

Así, de acuerdo con el pensamiento bolivariano moral y ética son sinónimos. Moral es vocablo que viene del latín mores que significa costumbre, hábito, modo de vida, y por mores traducían los latinos el concepto griego de ethos, de donde nos viene la palabra ética. Modernamente diferenciamos entre moral y ética, dándole a la primera la significación de conducta positiva, y a la segunda de conducta ideal; pero ésta, que nos hace tanta falta, es la que debe imponerse para que los individuos, grupos sociales y gobernantes puedan elevarse –¡y ésta es una de las lecciones actuales de Bolívar!– en dignidad y bondad.

Lo bolivariano –es decir, lo fundado en el propósito de moral y luces que Bolívar propugnó– puede apreciarse también recordando los discursos en donde el Libertador expresó en luminosa frase su pensamiento más acentrado. Al Congreso de Bolivia, al presentársele el Proyecto de Constitución que él había preparado, Bolívar manifestó que “la verdadera constitución” está en los códigos civiles y penales; y no exageró que el poder más grande en una República es el que ejercen los tribunales “por el tremendo instrumento de las leyes”.

“De ordinario –explicó a renglón seguido–, el Ejecutivo no es más que el depositario de la cosa pública; pero los tribunales son los árbitros de las cosas propias, de las cosas de los individuos. El Poder Judicial contiene la medida del bien o del mal de los ciudadanos, y si hay libertad, si hay justicia en la República, son distribuidas por ese poder. Poco importa, a veces, la organización política, con tal que la civil sea perfecta; que las leyes se cumplan religiosamente y se tengan inexorables como el destino”.

Y antes, en el referido discurso de Angostura, cuando aún temblaba su brazo levantando la espada de la liberación, comprometida todavía, Bolívar compactó en un solo concepto el amor por la Patria, por las leyes y por los magistrados. Esos amores –dijo– “son las nobles pasiones que deben absorber exclusivamente el alma de un republicano”. Y señalando la situación imperante en su Patria entonces –antes de lograda su independencia–, manifestó que “los venezolanos aman la Patria, pero no aman sus leyes, porque éstas han sido nocivas y eran la fuente del mal; tampoco han podido amar a sus magistrados, porque eran inicuos”. Y con la rotundez expresiva que caracteriza su estilo, resumió esta otra lección:

“Si no hay un respeto sagrado a la Patria, por las leyes, y por las autoridades la sociedad es una confusión, un abismo; es un conflicto singular de hombre a hombre, de cuerpo a cuerpo”. (¿Escribía, interrogamos para nosotros, al final de este siglo, que vivimos ese conflicto?).

Pero no funcionarios que se enriquezcan. Ni que siquiera sean ricos. Los funcionarios deben ser de otra naturaleza. Un segundo principio enunció el Libertador, cuya actualidad remarcamos, en el discurso con que acompañó el proyecto de Constitución que redactara para su República predilecta: Bolivia, la que tomó su nombre. En ese discurso de mayo, 1826, Bolívar dijo: Saber y honradez, no dinero, requiere el ejercicio del poder público. Sean sabios, lo más posible, y sean honrados, los funcionarios, y la República marchará bien aquí y donde quiera, nos enseña, una vez, más, el Libertador.

Que en cuanto a los demás, a lo otro, a que haya riqueza, a que el oro corra por las venas de la vida social, ya se encargarán los hombres de ello, en virtud de ser hombres. En virtud, esto es, de tener como principal móvil de sus acciones el interés propio.

El autor es historiador.   
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