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DOMINGO 17 DE DICIEMBRE DEL 2000 / EDICION No. 22225 / ACTUALIZADA 12:30 pm

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Posoltega, entre la tragedia y la esperanza

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.La tragedia del Volcán Casita provocada por el paso del huracán “Mitch” puso en el mapa mundial al pequeño poblado de Posoltega, provocando una enorme ola de solidaridad con las víctimas de este fenómeno natural. Atrás quedaron los tiempos en que Posoltega era conocido como la tierra donde se contrataban pistoleros para arreglar cuentas personales.

Más de 18 kilómetros recorrió la avalancha de lodo y piedras que bajó del Casita, provocando la mayor tragedia en la historia de Nicaragua.

 

Orlando Valenzuela
orlando.valenzuela@laprensa.com.ni

Todavía está fresca en la mente de toda Nicaragua y el mundo la tragedia ocurrida en Posoltega, pequeño poblado del occidental Departamento de Chinandega, que en octubre de 1998 sufrió el mayor desastre provocado por la naturaleza en toda nuestra historia.

En toda Centroamérica hubo miles de muertos y mucha destrucción material durante el paso del huracán “Mitch”, pero en Nicaragua la furia de la naturaleza parece que se concentró en un pequeño caserío ubicado en las faldas del Volcán Casita, el que luego del torrencial aguacero produjo un deslave que sepultó a más de 2,500 personas en cuestión de minutos.

Esa catástrofe trascendió al mundo y fue lo que sensibilizó a la comunidad internacional para que acudiera en ayuda masiva a un país que desde hacía mucho tiempo estaba en crisis. La ayuda llegó y ya todo mundo sabe lo que pasó después.

Posoltega está ubicada a 116 kilómetros de la capital, Managua, sobre la carretera León-Chinandega y a unos 18 kilómetros del volcán más alto de Nicaragua, el San Cristóbal, de 1,745 metros, vecino del fatídico Volcán Casita, de 1,405 metros de altura. La entrada a este populoso pueblo se localiza a la altura del kilómetro 113 1/2 , doblando hacia la izquierda si se va de oriente a occidente.

Pero Posoltega no logró su fama sólo por su reciente desgracia, sino que este pueblo ya gozaba de la “respetable” reputación de ser un lugar donde las vendettas estaban a la orden del día y donde con facilidad se contrataban pistoleros para ajustar cuentas con enemigos de cualquier índole. Basta recordar que de aquí salió “Cara de Piedra”, el asesino a sueldo que mató al Director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el 10 de enero de 1978.

Sin embargo, la Posoltega del año dos mil es diferente, pues su gente ya no vive bajo la amenaza del enfrentamiento de algunos belicosos y más bien ofrecen al visitante una imagen de pueblo pacífico y amigable, haciéndole grato el momento y su compañía.

En Posoltega, la pobreza campea por las calles, sin embargo, sus pobladores siempre buscan alternativas para ganarse la vida honradamente, tal y como lo hacen los centenares de obreros agrícolas que trabajan como paileros en el Ingenio San Antonio de Chichigalpa y los que diariamente sudan la gota gorda en los surcos de los plantíos de ajonjolí, maní o maíz que rodean el poblado.

A pesar del desempleo y las pocas alternativas de diversión para la juventud, en este pueblo los jóvenes son muy sanos y prefieren gastar sus energías jugando en la cancha de básquet o quemando calorías en bicicletas. Pero como en todas partes, siempre hay un grupito de muchachos que se ponen a matizar a las colegialas, pero cuando algún mayor les llama la atención dejan de molestar. Paradójicamente, en una zona donde el deporte rey es el béisbol, aún no existe ningún cuadro para esta disciplina deportiva, por lo que urge no sólo un estadio, sino un centro recreativo para los jóvenes.

Una de las particularidades de Posoltega es que este es el único pueblo de Nicaragua en el que en cualquier época del año siempre hay un grupo de señoras que rezan el víacrucis todos los viernes dentro de la parroquia Jesús de Nazareno, que es el patrono local.

La sencillez de la gente, su amabilidad y ese ambiente pueblerino, es quizás uno de los principales atractivos que tiene Posoltega, un lugar donde sus pobladores tratan de superar el trauma del “Mitch” para continuar su apacible vida.


Un pailero muy orgulloso de su terruño

Para Héctor Saavedra, su estancia en Costa Rica fue como un calvario, por el mal trato que allá recibía de los “tiquillos”, por eso se vino a trabajar a su terruño querido. “Es que no me hallo en otro lugar. No hay como mi Posoltega. Aquí, aunque gane poco, pero estoy en mi país, con mi gente”, dice.

Héctor tiene 22 años y es uno de los miles de “paileros”, nombre con que denominan a los cortadores de caña en el Ingenio San Antonio de Chichigalpa, hasta donde todos los días, a las cuatro de la mañana es trasladado, junto a más de cien posolteganos, en uno de los camiones de esa empresa azucarera.

Desde hace dos años en que regresó de la nación del sur, donde anduvo cortando café, cítricos y otros productos agrícolas, Saavedra pasa de las cinco de la mañana a las tres de la tarde bajo el abrasante sol de Occidente, tumbando a diestra y siniestra cuanta planta de caña se le pone enfrente.

Con su filoso machete, que guarda con celo en su vaina de cuero sujeta al cinto, Héctor corta de una y media a dos toneladas diarias de caña, por la cual recibe 30 córdobas por tonelada en un pago quincenal que muchas veces no le alcanza para los gastos de su casa, donde vive con su esposa y sus tres hijos.

De todas formas, Héctor Saavedra prefiere sudar la gota gorda en los cañaverales de Occidente, porque sabe que así está cerca de su Posoltega natal y no ir a sufrir humillaciones en la “Suiza” de Centroamérica.


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