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SáBADO 9 DE DICIEMBRE DEL 2000 / EDICION No. 22217 / ACTUALIZADA 01:00 am

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CRIMENES FAMOSOS
Le arrebató sus bienes y la vida

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.Un distinguido odontólogo metido a empresario, fue asesinado a tiros por el hombre a quien protegió durante mucho tiempo

El dentista Max Miranda baila feliz con su esposa Julieta McNally, durante una fiesta poco antes de su violenta muerte. LA PRENSA/(Reproducción de Cruz Flores).

 

Anuar Hassan y
Emiliano Chamorro
sucesos@laprensa.com.ni

El odontólogo Max Miranda Whitford era un buenazo por sus cuatro costados. Diríase que había nacido con una sonrisa en los labios. Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre de mediana estatura, el rostro ligeramente apoplético rematado por una cabellera entrecana peinada cuidadosamente al estilo Ronald Reagan. Y la sonrisa eterna, complaciente, que le imprimía un aire de abuelo bonachón.

Cuando no tenía pacientes se cruzaba al negocio de materiales de zapatería de su esposa Julieta, que funcionaba en la misma casa en la calle 15 de Septiembre, muy cerca del templo de Santo Domingo.

Por razones que no es del caso mencionar, los Miranda se trasladaron a una casa en los alrededores del antiguo Palacio de Comunicaciones, donde continuaron llevando la misma rutina. Varias veces a la semana el odontólogo viajaba a Granada para atender a sus pacientes en esa ciudad.

Un día, en Granada, atraído seguramente por la confianza que irradiaba, se acercó al dentista Miranda, un hombre de aspecto miserable.

Cierta o falsa, la patética historia sobre su condición de desempleado que mantenía sumidos en el hambre a su esposa e hijos conmovió, como era de esperarse, al filantrópico dentista, que sacó de su bolsillo unas cuantas decenas de córdobas y se las entregó al miserable.

A finales de los años 60, esa suma de dinero, si bien de ninguna manera podía ser una solución definitiva a un problema de aquella magnitud, al menos hubiera servido para alejar por algunos días al beneficiado, según lo prescriben la delicadeza o el sentido común de las personas. Pero Alejandro Garay Arauz, como se llamaba el tipo aquél, no militaba en las filas de la gente decente o con un mínimo de pudor o vergüenza, como Miranda habría de comprobarlo muy pronto.

A partir de aquel infausto día, la mano pedigüeña de Garay Arauz se extendió casi cotidianamente en el consultorio de Miranda y siempre, inexplicablemente, éste la llenaba.

Cuando el dentista, ya sesentón, adquirió varios equipos pesados con la idea de alquilarlos y disfrutar de una renta que le garantizara una vejez sin sobresaltos económicos, pareció confirmarse la impresión que algunos amigos suyos tenían acerca de que su verdadera vocación era la de empresario.

El equipo, un tractor D-4 y un camión, fue rápidamente contratado por una compañía norteamericana, la Central America Hardwood, que abría trochas y cargaba madera en la Costa Atlántica del país.

Pero, desafortunadamente para el novel empresario, la compañía quebró y quedó debiendo al dentista una suma superior a los 150 mil córdobas.

En Bluefields la fracasada compañía era dueña de un aserrío cuyos bienes pasaron a ser propiedad de Miranda, que los embargó para garantizarse la recuperación de su dinero.

Al cerrar sus operaciones la compañía, el equipo de Miranda quedaba inactivo y el dentista decidió llevarlo de regreso a Managua. Pero para movilizar la maquinaria se necesitaba un mecánico. Casualmente Garay Arauz lo era (en verdad no se puede afirmar que esto fuera cierto) y con todo lo cargante que le resultaba, era lo que Miranda tenía más a mano, así que lo contrató para realizar el trabajo.

El presunto mecánico se trasladó a Bluefields provisto de cierta cantidad de dinero que Miranda le suministró para la compra de los repuestos necesarios y los gastos personales durante su permanencia en aquella ciudad.

Pero los designios de Garay Arauz eran totalmente diferentes. Sin haber comprado un solo repuesto, con toda desfachatez mandaba a pedir más dinero con el pretexto de que le hacía falta para la adquisición de aquellos.

En realidad lo que hacía era todo lo contrario: estaba vendiendo en piezas la maquinaria que Miranda le había encargado trasladar a Managua. Y para que no cupiera duda de sus pretensiones, se presentaba como dueño del aserrío que legalmente era propiedad del hombre que había confiado en él.

Los rumores de lo que Garay estaba haciendo llegaron a oídos del dentista quien decidió enviar a Bluefields a un mecánico llamado Mario Argüello, con el encargo de regresar a Managua con la maquinaria. Pero no contaba con el arsenal de artimañas y el poder que Garay, valido de sus nexos con la Guardia Nacional, había adquirido y que demostró plenamente al mandar encarcelar al mecánico que Miranda había enviado en recuperación de sus bienes.

En aquellos años la lejana Costa Atlántica era feudo indiscutido de los comandantes militares de turno y Garay tenía en sus manos al Jefe de Policía y Juez de Bluefields, Guillermo Flores Obregón, según lo consignan las crónicas de la época.

El encarcelamiento de Argüello era una señal inequívoca de las nada ocultas intenciones de Garay, pero el dentista decidió enfrentarlas haciendo un viaje a Bluefields.

El encuentro fue sumamente violento y Garay amenazó a Miranda con matarlo si insistía en recuperar sus bienes. Sin embargo, ninguna amenaza ni los ruegos de su familia para que desistiera de su acción pudieron desterrar de la cabeza del dentista su firme decisión de recuperar lo suyo.

A partir de entonces pasaba la mayor parte de su tiempo en los Juzgados de Bluefields. Un abogado, Napoleón Duarte, contratado en aquella ciudad por Miranda, obedecía en el fondo, según se confirmó, los dictados de Garay.

La justa cruzada de Miranda en busca de justicia repercutió en la Corte, que confirmó mediante un fallo la legitimidad de la posesión del dentista.

Sin embargo, el usurpador no estaba dispuesto a ceder y en una maniobra sorpresiva presentó contra el dentista una demanda laboral por más de cien mil córdobas en concepto de salario retenido, vacaciones y otras prestaciones sociales. Simultáneamente obtuvo una orden de captura contra Miranda por el supuesto robo de implementos y venta ilegal de repuestos. Durante varios días, solitario en su celda, Miranda reflexionó sobre la maldad de la naturaleza humana.

El 17 de enero de 1972, cuando en compañía de sus abogados Noel del Pozo y Armando López Berríos salía del Juzgado, fue abatido a tiros por un sujeto llamado Teófilo Betanco Sandoval. Un disparo hirió gravemente también al abogado López Berríos, pero logró sobrevivir.

Luego el asesino huyó, en medio de la confusión generada por la balacera.

Para nadie era un secreto que Betanco Sandoval había apretado el gatillo de su 45 en cumplimiento de una orden de Garay, pues no tenía ninguna vinculación en el caso.

Consternada por el fatal desenlace, la familia de Miranda Whitford integrada por su esposa y dos hijas, desistió de toda acción judicial, con lo que los bienes arrebatados por Garay, que debido a sus vínculos con el ejército no fue investigado, quedaron en su poder.

UNA FAMILIA FELIZ

El dentista Max Miranda Whitford era un chontaleño que tras graduarse en la Universidad Nacional Autónoma, se instaló con su esposa en una casa al norte del templo de Santo Domingo.

Tras largos años en el ejercicio de su profesión, logró obtener una cómoda posición económica que le permitió adquirir una casa más amplia en la calle 15 de septiembre.

Con su esposa Julieta procreó dos hijas que constituían su mayor tesoro y su máxima felicidad.

TESTIMONIO DEL DOCTOR BERRIOS

El abogado Armando López Berríos, con quien conversamos sobre este caso, se impresiona aún al recordar los momentos vividos aquel 17 de enero de 1972.

- ¨Estaba haciendo unas diligencias en el Juzgado cuando escuché los disparos. Al volverme vi a un hombre bajito, moreno, con una pistola en la mano y al doctor Miranda que se derrumbaba sobre el piso.

- ¨Levanté mis manos hacia el hombre en petición de que no siguiera disparando, pero entonces enderezó el arma hacia mí y disparó, dijo el doctor López Berríos.

- El disparo penetró en el maxilar inferior y el proyectil siguió una trayectoria en línea recta hasta alojarse junto a la cuarta vértebra cervical.

- El impacto derribó al abogado pero cuando descendió del avión en Managua, procedente de Bluefields, con el cadáver del dentista Miranda, lo hizo por sus propios pies, a pesar de la gravedad de la herida.

- López Berríos recuerda que hace unos cinco años vio al asesino en los alrededores de su casa en Linda Vista y corrió en busca de un arma para cobrarse la deuda, pero el hombre desapareció.

- Debido a la larga temporada que pasó en la cama recuperando de la herida, el abogado no entabló ninguna acusación contra nadie.

- ¨Supongo que igual ocurrió con la familia del doctor Miranda, abatida por su violenta muerte, dice López Berríos.  
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