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SáBADO 9 DE DICIEMBRE DEL 2000 / EDICION No. 22217 / ACTUALIZADA 01:00 am

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Opinión
Montaner y el liberalismo nicaragüense

Ariel Montoya

Para el liberalismo nicaragüense, la crítica positiva y constructiva, producto del análisis certero y el sano juicio, son partes esenciales del proceso democrático, más aún: son parte de los ejes centrales de su doctrina, en cuanto condición necesaria para una sociedad abierta, y aunque es perceptible el hecho de que no existe democracia perfecta en ningún lugar de la Tierra, ni siquiera en los Estados Unidos, donde la idea liberal ha llegado a su máxima realización con su libertad de mercado e igualdad para todos, eventualmente surgen determinadas críticas, venidas de destacados teóricos de dicha doctrina, las cuales no alcanzan a comprender las peculiaridades de su praxis en un determinado país. Me refiero al caso del periodista y analista político cubano Carlos Alberto Montaner, en sus recientes observaciones sobre los resultados electorales municipales en Nicaragua.

Montaner elogió el liderazgo y la asunción presidencial del Dr. Alemán en 1997, externando los frondosos pasos del “liberalismo moderno y renovado”. Desde entonces ha visitado Managua en varias ocasiones, siendo la última el año pasado como vicepresidente de la Internacional Liberal”. Pero ahora, y quizás de entre otros males, ante la desafortunada ausencia de una divulgación convincente de los logros y aciertos de ese “renovado” liberalismo, incurre en lamentables errores de apreciación en cuanto a la realidad actual del país, usando como punto de referencia en uno de sus últimos artículos, la pérdida por parte del liberalismo, en los comicios recientes de algunas cabeceras departamentales, a causa de algunas supuestas rufianadas entre liberales y sandinistas producto del pacto, la delimitación territorial de Managua, el caso de José Antonio Alvarado y los ligados a la corrupción.

Estas críticas venidas al seno de un liberalismo que pretende ser en efecto renovado y moderno, en efecto que hacen bien. Lo curioso a mi entender, reside, más allá de la inteligencia propia del coautor del “Manual del perfecto idiota latinoamericano”, en las dudas que me despiertan sobre las fuentes periodísticas que lo documentan e informan, las cuales por ejemplo en nuestro medio muchas veces continúan aferradas a algún escaparate ideológico o político de conveniencia, y en todo caso opuestas a un proyecto social reformista.

Entiendo que muchas veces el periodista quien a la vez es político, no puede quedar bien ni con Dios ni con el Diablo, y quizás esa sea una de las complicaciones que Montaner pueda enfrentar al desempeñarse con un alto cargo de la Internacional Liberal, y pretender ser a la vez objetivo y preciso en sus criterios como articulista tricontinental, y aquí es donde se equivoca, pues en su escrito, dice que el sandinismo (que sólo estuvo una década y no dos en el poder como él atestigua), ha estado desde el 90 en el ostracismo y la oposición, afirmación que él mismo contradice cuando los relaciona con la posesión de propiedades y enriquecimiento ilícito.

Claro que Montaner, enceguecido por el espejismo de doña Violeta Barrios de Chamorro como la buena madre sonriente y pacificadora de la nación, no menciona su alcahuetería con los comandantes, su nefasto Protocolo de Transición que dejó a Humberto Ortega como Jefe del Ejército, la legalización de la piñata y su blandenguería sospechosa ante el chantaje y las amenazas de vandalismo, destrucción y motines.

Da a entender el articulista, que los sandinistas hubieran estado castigando durante toda esta década al pueblo y que ahora, aprovechándose del supuesto desgaste del gobierno liberal, estuvieran a punto de conquistar la hegemonía política. Incluso, el analista cubano-español, tan acertado en sus diagnósticos del barbado Stalin tropical, llega a afirmar que el liberalismo es la “segunda” fuerza política del país, como si el sandinismo fuera la primera, por efectos oblicuos del llamado “pacto”.

Es necesario entender que lo que ha establecido el gobierno liberal con los sandinistas, ha sido una política de entendimiento desde la institucionalidad parlamentaria, donde ambas fuerzas complementan mayorías, para asegurar las condiciones de estabilidad y gobernabilidad, política que ha dado sus frutos en cuanto a la convivencia necesaria entre los nicaragüenses y el hecho indiscutible de que se ha logrado civilizar a un movimiento revolucionario totalitario que se negaba a respetar las reglas del juego democrático recurriendo a la violencia y a la confrontación.

El problema es que Montaner no conoce con precisión el terreno político ni las características especiales de la sociedad nicaragüense. El es un espectador cuyas anteojeras “liberales” no comprenden las constantes de la historia nacional; por ejemplo, parece no estar informado de la tradición progresista del liberalismo nicaragüense y centroamericano, propulsor de las economías medievales en la región, ante los mercados internacionales desde el siglo pasado.

Montaner no se ha referido tampoco a los profundos cambios realizados por el gobierno del PLC en todos los órdenes de la vida social, tanto en infraestructura como en la propia vida política y en el plano de las libertades: nunca ha habido mayor libertad de expresión como ahora, y las elecciones municipales han sido un acontecimiento verdaderamente popular, donde los alcaldes han sido elegidos por sus méritos personales y no por la imposición del partido político. Elecciones, que aparte de su transparencia comprobada, han contribuido al robustecimiento de la democracia paticipativa. El gobierno liberal de Alemán, pese a sus errores, y a los casos de corrupción (en los que el precedente que se ha sentado ha sido ni más ni menos que la destitución de los involucrados), será juzgado en su momento una vez concluida su gestión, de lo cual distan aún algunas horas de vuelo; no obstante el liberalismo actual, principal vértebra del bipartidismo de nuevo cuño, como ya se demostró en las pasadas elecciones, se enfrentará nuevamente ante su destino, en las próximas elecciones presidenciales del 2001, chapaleando entre las bravas aguas de sus contaminados entuertos sociales y políticos para que el caos no vuelva a Nicaragua. Estimado Carlos Alberto: podés dormir tranquilo, porque el caos no volverá a Nicaragua.

* El autor es periodista y funcionario público.  
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