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VIERNES 1 DE DICIEMBRE DEL 2000 / EDICION No. 22209 / ACTUALIZADA 01:00 am

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Acción contra el SIDA

Con motivo de celebrarse el Día Mundial de Lucha Contra el SIDA, los organismos ONU-SIDA y CONUSIDA presentan hoy, en el Banco Central, el libro “Llamado para la acción”, que tiene el propósito de motivar a las autoridades y “tomadores de decisiones” a poner más atención y recursos para encarar la grave enfermedad.

La preocupación es legítima y oportuna. El SIDA puede atacar a todas las personas en todos los países del mundo, tanto los ricos y desarrollados como los de nivel medio, y los paupérrimos que se esfuerzan por ser incluidos en el rango de países pobres altamente endeudados e insolventes (HIPC), como Nicaragua.

Según se desprende de las informaciones oficiales el impacto del SIDA en Nicaragua no es todavía catastrófico, como en algunas naciones africanas, particularmente en las subsaharianas. Ni siquiera es grave, como en el vecino Honduras que tiene el índice más alto en Centroamérica.

Las autoridades locales y los organismos nacionales e internacionales involucrados directamente en la lucha contra el SIDA, señalan que en Nicaragua sólo hay 582 personas infectadas. Pero los portadores del virus son muchos más, aparte de que no se puede saber cuántos no se registran en los centros de salud, ni acuden a los médicos particulares. Además, no hay la costumbre ni la tendencia a hacerse los análisis que determinan la presencia del virus en la sangre.

Hasta ahora los muertos —en Nicaragua— por causa del SIDA, son alrededor de un centenar, cifra insignificante si se le compara con los saldos de muertos que dejan los accidentes de tránsito, o enfermedades endémicas “corrientes”. Sin embargo, el impacto emocional que produce el SIDA tiene un efecto multiplicador, porque es un mal que está vinculado directamente con la sexualidad, sobre todo con algunas malas costumbres sexuales que facilitan la adquisición y propagación de la enfermedad.

Como sea, es mejor prevenir que lamentar. Tienen razón quienes dicen que es necesario tomar y reforzar las medidas indispensables tanto para atender clínicamente a las personas que padecen el SIDA, como para evitar que a los que son portadores del virus (seropositivos) se les desarrolle la enfermedad, pero también y sobre todo para prevenir que el mal se extienda en la forma grave y catastrófica que se ha extendido en otros países que tienen características socio-económicas y culturales iguales o parecidas a las nuestras.

En realidad, el SIDA no es necesariamente mortal ni inevitablemente contagioso. Después de casi 20 años de luchar infatigablemente contra la epidemia mundial, los científicos han determinado que el SIDA no sólo se puede prevenir sino también curar, por lo menos en los países desarrollados. El costo de los tratamientos contra el SIDA es sumamente costoso. Son muchos y muy caros los medicamentos que el paciente sidótico debe tomar todos los días, y los horarios de ingestión también son múltiples y complicados. Y por supuesto que los enfermos pobres de los países paupérrimos no tienen capacidad para costear esos tratamientos, ni los gobiernos para subsidiarlos.

Por eso se dice que si bien es cierto que el SIDA no respeta raza ni condición económica y social, en términos generales se trata de una enfermedad que ataca más a los países pobres y atrasados, que carecen de recursos económicos y de pautas culturales para prevenir la enfermedad. Según el profesor Jeffrey D. Sachs, director del Centro para el Desarrollo Internacional, de la Universidad de Harvard, para llevar a cabo la triple estrategia de prevención, tratamiento e investigación del SIDA se necesita anualmente unos cinco mil millones de dólares: 4 mil millones para la prevención y la cura, y los otros mil millones para desarrollar la investigación de nuevos medicamentos y los métodos para erradicar la enfermedad. Esa suma es modesta, para los países ricos y desarrollados, pero inmensa e inalcanzable para las naciones atrasadas y pobres.

En cualquier caso, la lucha contra el SIDA y en particular los esfuerzos para prevenirla, debe aunar y comprometer a toda la sociedad, al margen de diferencias ideológicas y dejando de lado prejuicios e intolerancias.  
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