LECTURA DOMINICAL
¡Ellos también son seres humanos!
J. Dávila y Castellón
–“Fíjate que mañana me llevan una empleada doméstica, pero mi hijo dice que la trate bien, porque ella también es un ser humano como nosotros”, contaba a mi madre, hace algunos años, una amiga de visita en casa.
–“Claro! ¿Y qué va a ser o qué otra cosa puede ser más que un ser humano?”, replicó a su vez mamá.
“Bueno... Yo no sabía eso o nunca me había puesto a pensar en eso”, confesó la amiga.
Por lo visto, como lo ha señalado repetidamente la Iglesia, el avance científico y tecnológico no significa, lamentablemente, un avance o progreso paralelo en el orden moral. Pareciera que hemos retrocedido en humanidad. A este mundo nuestro, tan orgulloso de sus logros en los variados campos del saber humano, el Vicario de Cristo Juan Pablo II ha recordado una y otra vez a lo largo de su pontificado que toda persona en situación de desventaja –económica, racial, política, social, religiosa, laboral o de salud–, es también un sujeto plenamente humano “con sus derechos correspondientes, derechos innatos, sagrados e inviolables...”.
Para el cristiano ningún tipo de minusvalía sufrido por un ser humano, disminuye su valor intrínseco como persona humana; no hay enfermedad, por terrible que sea, que pueda absorber la naturaleza de quien la sufre. En otras palabras, el leproso no deja de ser un hombre esencialmente igual a los demás hombres por el hecho de padecer de semejante mal; es un hombre antes que un leproso, a lo sumo un hombre leproso, pero siempre un hombre.
El Papa Juan Pablo II sostiene que los minusválidos “a pesar de las limitaciones y los sufrimientos grabados en sus cuerpos y en sus facultades, ponen más de relieve la dignidad y la grandeza del hombre. Dado que la persona minusválida es un sujeto con todos los derechos, debe facilitársele el participar en la vida de la sociedad en todas las dimensiones y a todos los niveles que sean accesibles a sus posibilidades. La persona minusválida es uno de nosotros y participa de nuestra misma humanidad”.
Queremos subrayar estas últimas palabras del Sucesor de San Pedro: “La persona minusválida es uno de nosotros y participa plenamente de nuestra misma humanidad”. Así con mayúscula, pues el Papa se hace eco del grito silencioso o manifestado de miles, de millones de hombres y mujeres marginados, excluidos o ausentados, separados por razones de salud.
Hace apenas unos días una joven limitada física se expresaba en estos términos en un programa televisivo: “Se proclama que los minusválidos tenemos los mismos derechos que las personas sanas, se nos dice que tenemos derecho a estudiar, pero a la hora de buscar un trabajo se nos cierran todas las puertas de las oficinas públicas sólo por nuestra condición física y no se toma en cuenta nuestra preparación; de tal manera, que estudiamos para nada”.
Son más que oportunas al respecto las siguientes advertencias del Papa: “Sería radicalmente indigno del hombre y negación de la común humanidad admitir en la vida de la sociedad, y, por consiguiente, en el trabajo, únicamente a los miembros plenamente funcionales porque, obrando así, se caería en una grave forma de discriminación, la de los fuertes y sanos contra los débiles y enfermos. El trabajo en sentido objetivo debe estar subordinado, también en esta circunstancia, a la dignidad del hombre, al sujeto del trabajo y no a las ventajas económicas.
Cabe preguntarnos aquí y ahora: “¿Acaso no hemos caído desde hace mucho tiempo y seguimos cayendo en esta grave forma de discriminación, la de los fuertes y sanos contra los débiles y enfermos”?, tal como señala el Sumo Pontífice ¿No nos hará falta descubrir al hombre, al ser humano frente a la visión de la enfermedad a la discapacidad o minusvalía física?.
Desde la Colina Vaticana 
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