Cartas al Director
Crónica centroamericana
En reciente visita a nicaragua a fines de julio, gozamos el privilegio de conversar por teléfono con un admirado baluarte de la Pedagogía y las letras nacionales, profesor Héctor Darío Pastora; cual su recordado padre, siempre grato, ameno, cordial.
Como tantos, luego de padecer años de ostracismo en Miami, desde el arrebato criminal del comunismo, de los “nonos” comandantes, Héctor Darío, al sólo despuntar la democracia en Nicaragua, con la derrota del sandinismo, puso proa al lar nativo fincándose en Las Sierritas de Santo Domingo, sitial precioso de la derruida Managua, por el clima y placidez bucólico del paisaje, ansiado por su ánima diletante, ensoñadora.
Es menester aquilatar en el profesor Pastora, su inquietante empeño, porque esta ciudad cosmopolita, donde convergen tantas etnias del Universo, perpetúe la memoria de nuestro Bardo inmortal Rubén Darío, insigne Príncipe de las Letras Castellanas a cuya ofrenda empleara durante su destierro los más nobles esfuerzos el mentor, coronándolos sustancialmente: una amplia avenida, un imponente colegio y la modesta réplica del monumento que en Managua bañan las brisas del Xolotlán y posee el Panida; mismo que a nosotros corresponde revertirlo al mármol inmortal. Obras dedicadas al nombre del aeda nicaragüense.
Diversas veces, y tan sólo en vida, elogiamos a quienes son merecedores de reconocimiento; lo que con satisfacción y mejor cariño, cumplimos esta vez, al ducho coterráneo, a que conferimos estas frases, por su empeño singular, de preciosos alcances, al glorificar a nuestros reales y auténticos héroes.
Héctor Darío Pastora, magno exponente del profesorado, precoz artesano del abecedario, nos pidió con humildad no abandonemos la estatua a Rubén Darío levantada en West Flagler e hiciéramos lo posible porque los mástiles para las banderas, velando la eternidad del poeta, logremos alguna vez reemplazarlos de toscos tubos de cañería actuales a pulidas astas portantes de los símbolos soberanos.
Procedamos entonces, a culminar esa obra elevada con tanto amor a Nicaragua y al bardo, de loor inmarcesible de las Letras Castellanas. En Dios confiamos.
ORLANDO MEZA LIRA
Miami, Florida 
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